MIENTRAS LEO TU ENSAYO

Posted: March 25, 2015 in corto, cortos

15821_879333655456343_2091743433199234599_nVibra el móvil. ¿Ya leíste mi ensayo?, preguntas. No, me entretuve leyendo a Kozer. Hago café. Un perro ladra. Me gusta ese sonido. Es un sonido hogareño. Pronto estaré de vuelta, me dices. Pronto. Abro un libro con pinturas de Miró. Esos colores básicos, esos dibujos simples. Ni básicos ni simples aunque lo parezcan, pienso mientras el perro vuelve a ladrar. Me pongo a leer tu ensayo. Te digo: Un sistema político diseñado por hombres, por supuesto, una campaña para la liberación de la mujer desde este punto de vista masculino no puede ser otra cosa que estrecha y paternalista. Qué feminista eres, respondes. Acerco la taza de café a mi boca.  Lo bebo lentamente, como todas las mañanas. Te escribo: El olor del café es un olor hogareño. Esas cosas simples y básicas. Pronto, respondes, pronto.

HISTORIA

Posted: March 15, 2015 in corto, cortos

1s-1Con una copa de vino en una mano y un libro que ha prometido leer en la otra, él la mira desde el balcón; ella camina a su perro, y hay algo en su manera de moverse, en su desaliño, en el modo en que gira la cabeza para mirarlo a él antes de entrar a su apartamento. Hay algo en ella, se repite él y se da un sorbo de vino. Se acomoda en una silla blanca, estira las piernas y las apoya en una mesita de metal donde planta la copa de vino e intenta leer. Intenta porque su mente ha creado otra historia que insiste en ser leída.

 

OFICIO

Posted: March 15, 2015 in corto, cortos
Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)  DAVID HOCKNEY

Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)
DAVID HOCKNEY

Alguien hablaba de la soledad del oficio de escribir. Yo miraba hacia la piscina donde ella nadaba. Sus brazos son largos, pensé. Puede nadar mejor así. Nadaba como si no la estuvieran mirando, perdida en los movimientos que la conducían hacia su destino, pero cuando llegaba a él, no había júbilo, solo un cambio en la dirección del nado y un regreso al extremo opuesto de la piscina. La estuve observando durante un buen rato hasta que el que hablaba de la soledad de los escritores me preguntó qué yo pensaba del asunto y si tenía algún consejo que darle ya que estaba a punto de dedicarse a la escritura. Nada, le dije. ¿Nada?, preguntó él, medio asombrado. Sí, le respondí. Nada como ella.

Resistencia (fragmento)

Posted: January 17, 2015 in fragmentos

Y ciertamente había escogido el camino más difícil pero a los ojos de los demás había hecho todo lo contrario y no había forma de cambiar esta percepción por mucho que lo intentara de modo que desistió de hacerlo y mientras el mundo iba por un lado él iba por el otro, llevando todas las cargas de su decisión (rehuía la palabra peso porque esa imagen no era la más precisa, no era pesadez sino ligereza; había soltado el peso pero asumido las cargas). Por las mañanas leía el periódico como siempre, tomaba café, daba una vuelta por el parque y observaba la realidad o lo que aparentaba serlo. Después la llamaba a ella a contarle sus pensamientos. Ella lo escuchaba con atención pero después le pedía que no pensara tanto, que no había mucho que pensar sino entregarse plenamente a lo que los dos habían decidido hacer con sus vidas. Él la escuchaba también con mucha atención y se calmaba por unas horas pero después regresaba a sus intensas meditaciones sobre la vida, el destino, los rumbos y las maneras extrañas (y quizás hipócritas) en que el mundo reaccionaba a lo que él consideraba una simple decisión de dos que se amaban. En la oficina le había contado a una secretaria, que también lo escuchaba con aparente interés y no lo juzgaba, muchas veces incluso le daba la razón, algo con lo que él se sentía incómodo también porque no le parecía sincero pero al menos lo escuchaba. No le quedaba mucha gente que lo hiciera. En realidad, nadie quería escuchar. Quizás debido a la intensidad de sus razonamientos y a la pasión con la que los defendía. Empezaba siempre diciendo que la amaba, que nunca había amado de esa manera. Pensaba entonces que cuando alguien dice esas cosas, es muy difícil que los demás le presten atención. El amor ha perdido mucha plusvalía, decía un amigo burlonamente. Pero él creía que todos se habían vuelto locos o que eran muy hipócritas y entonces dejaba de hablar porque no quería desgastar lo que sentía tratando de convencer a nadie. Se hacía un silencio raro que sus interlocutores a menudo interrumpían con alguna observación banal referente a su apariencia física. Has perdido mucho peso. ¿No estarás enfermo? Él entonces decía cualquier otra banalidad y se despedía rápidamente. Llegó un momento en que decidió no hablar con nadie más, no explicar nada y simplemente ignorarlos a todos. Eso no es muy saludable, le decía a ella, que siempre intentaba calmarlo cuando él se enfurecía con el mundo. En realidad, no se enfurecía, era una especie de desilusión que terminaba por deprimirlo, por sumirlo en una batalla quijotesca que lo desgastaba y a la que se entregaba con una energía que ella le pedía pusiera en otras cosas, escribir, por ejemplo. Escríbelo, escribe finalmente la novela que siempre has querido escribir, ponlo todo ahí, no te enfrentes con el mundo, o por lo menos hazlo de la manera que mejor sabes hacerlo, escribiendo. Entonces él la miraba, le tomaba las manos y la besaba con mucha pasión. Ella se echaba en el sofá y se desnudaba lentamente como le gustaba a él y hacían el amor. Con ella el sexo era distinto. En realidad, todo era distinto, pero el sexo más. No era el típico sexo espiritual de los que se aman, era una manera salvaje (casi primaria) de expresar los deseos de la carne a través de las danzas del sexo. Aunque se amaban, no era el amor lo que predominaba durante las sesiones de sexo sino la agresividad de la entrega total de dos cuerpos. Es tu piel, decía ella, es tu piel. Él le sonreía sin saber qué decir porque en su caso no había nada especifico que pudiera identificar, además nunca fue dado a esas precisiones que a pesar de su juventud ella era capaz de lograr sin mucho esfuerzo.

Resistir toda resistencia, decía él a menudo cuando se quedaba solo en su apartamento de las afueras, donde se había mudado después del divorcio. Le gustaba el sonido de la erre, esa fricción que producía su sonido. La palabra resistencia siempre le recordaba la Segunda Guerra Mundial y las sangrientas batallas, los campos de concentración, los bombardeos, el hambre, los juicios de Núremberg. Esta era otro tipo de resistencia, una que nunca terminaría en un libro de historia, no sería tan importante como para que se hablara de ella en las escuelas un día, pero para él (quizás no tanto para ella que era mucho más fuerte) era la resistencia, toda la resistencia.

¿Pero era acaso la resistencia más importante que el amor? ¿Por qué darle tiempo y espacio a algo que intentaba aniquilar lo único verdaderamente valioso que había ocurrido en su vida? Al conocerla a ella, su vida cambió radicalmente. Quizás no era tanto que hubiera cambiado como que hubiera retornado la ruta que se había borrado con el paso del tiempo y ella había vuelto a dibujar. ¿Cómo lo hizo? Él no sabía exactamente cómo lo había logrado. Pensaba a veces que era esa mezcla de inocencia y madurez que habitaba en ella.

10013670_10153969615975430_1722595914_npor Rolando Aniceto

“Es más fácil poner un huevo que escribir”, dijo una vez Elena Poniatowska al referirse al problema del autor ante la página en blanco.

Esa “señora muy fría”, como describió Norman Mailer no a la Poniatowska sino a la cuartilla vacía, puede en un momento resultar intimidante. Este no fue el caso del escritor y filósofo cubanoamericano Maurice Sparks cuando intuyó (fue lo que hizo) su novela más conocida y, para los críticos, la joya de su corona bibliográfica, “Alicia en el País de la Cascarilla”.

La obra de Maurice Sparks -creador de narrativa meridiana: siempre escribe a las doce del día- lleva como marcas de agua ritmo y agudeza. Pero sobre todo concisión. Redactar una crítica de su novela más popular es asistir al apogeo de un autor conciso hasta el extremo; obsesionado, dirían algunos, con reflejar la vacuidad de estos tiempos. La famosa “Era Cascarilla” donde lo que importa es la fama.

En “Alicia…” se nos revela un Sparks en su mejor forma al exhibir el músculo de su narrativa conceptual  minimalista en un alarde catártico de sobriedad. Sucinto donde los haya, Sparks muestra, demuestra, que es un escribidor de raza y un maestro en la economía de palabras. Siete bastan para montar el andamiaje.

Todo comienza (y termina) en el título, el cual nos invita a imaginarnos a una Alicia que es pintada con la riquísima gama de los tonos blancos. La obra, en esencia, es un juego de armas blancas; una in-daga-ción en blanco navajo, en blanco marfil, en floral blanco. En blanco nieve. Y más que nada en blanco cascarilla.

Al empezar a leer el título, Alicia se nos antoja arquetipo, y al terminarlo se nos revela paradigma. Ella es el signo de unos tiempos sin esencia en los que el enunciado vale más que la sustancia. Época de emoticones, abreviaturas y hologramas, en los que el lenguaje se reduce a su mínima expresión, la del simbolismo de la mente en blanco.

Aunque más que nada, Alicia es por antonomasia un país. El intelectual cubano Juan Benemeliz, en su texto cardinal “Un libro contra la Normalización del Silencio”, habla de “esa artificialidad paradójicamente viva que es Cuba”. Según añade, Cuba “no es explicable como nación. Nadie ha logrado definir con certeza a ese país. No sé si existe la nación, ni lo cubano, ni el cubano.”

En otras palabras, en cuanto a la cubanía no hay nada escrito, y eso en ninguna obra se refleja con mayor contundencia que en “Alicia…”.

Si acaso, ese libro nos sugiere el folclor como uno de los rasgos distintivos y factores aglutinantes de la identidad nacional pues desde el título mismo (y eso es todo) se nos revelan las prácticas sincréticas de la protagonista.

La idea engarza perfectamente con la imagen estereotipada que ofrecen los medios de comunicación sobre lo cubano, la cual nutre a la cubanía misma que enriquece, recrea y devuelve  esa imagen maniquea en una constante retroalimentación; en un tit for tat  que nunca permite llegar a saber si los medios audiovisuales copian a la realidad o la realidad copia a los medios audiovisuales.

En eso, precisamente,  radica uno de los mayores aciertos, y acertijos, de la novela de un compendioso Sparks, una de esas piezas colosales como la Biblia o el Quijote que muchos juran haberlas leído pero que pocos en realidad lo han hecho, y del título no han pasado.

No en balde “Alicia…” fue incluida entre las 20 obras monumentales de la Literatura Cubana en el Exilio, junto a la cimera “La Nada Cotidiana”. Poco importa que sea puesta en duda la existencia de esa lista,  o que algunos murmuren que la mayoría de las obras incluidas pertenecen a su propio compilador. Es lo de menos.

Lo verdaderamente importante es lo que la novela cumbre de Sparks ha generado: un movimiento conceptual reduccionista que desmiente al crítico y teórico estadounidense Harold Bloom, para quien “en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas” no hay “nada radicalmente nuevo”.

No sólo que el contenido de “Alicia en el País de la Cascarilla” es novedoso y trasciende todos los idiomas sino que, además, ha devenido germen de la llamada “crítica-ficción” (estas líneas son un vivo ejemplo), lo que igualmente desdice a Bloom cuando opina que  “la mayoría de los que se llaman a sí mismos críticos no lo son de ningún modo; se trata de periodistas, o de ideólogos o propagandistas”. No es este el caso.

Cierto es que  la “crítica-ficción” hunde sus raíces en Homero, personaje mitológico cuya existencia histórica (y por lo tanto su ceguera, como la de Bloom) son objeto de análisis pero es innegable que ese tipo de crítica constituye un fenómeno renovador  y vigorizante en la literatura de nuestra época.

Desde estas páginas llamamos a Bloom a debatir encarnizadamente sobre el nuevo género y dar nacimiento a la “crítica-fricción”. Una respuesta suya sería una pulsada de seriedad y de rigor intelectual en nuestros tiempos. Apuesto que, carente de argumentos, no contesta, y sabido es que otorga aquel que calla.

“Malicia”, como aviesamente la llaman sus detractores más acerbos, se nos convierte, por todo lo argumentado,  en “Delicia” al liberarnos de la carga de un mal libro. Alicia, si algo, es inefable.

Aquellos que esgrimen la vacuidad como un lastre de la obra, son aplastados por el propio peso de su argumento: han dado en el blanco (nunca mejor dicho) porque una novela que arranca en Blanco y Trocadero y pretende sugerir más que lo que narra nunca podrá revelarse vacía de contenido. Para estar vacío primero hay que existir, y “Alicia…” no existe como ente concreto sino como fenómeno en gestación perenne que resurge día a día en la imaginación de cada lector.

Costumbrismo del siglo XXI, Alicia se nos presenta como la Cecilia de estos tiempos, y Sparks, como el Cirilo sin plumas de ganso. Alicia es una y todas las heroínas a la vez. Es  Lucía, y su creador, un nuevo Solás. El solaz que nos regala Sparks, quien sin lente cinematográfico (y hasta sin lápiz o computadora ni nada de eso) nos obsequia un contemporáneo, y nada extemporáneo, “Espejo de Paciencia” de los “Tiempos Modernos” que no refleja nada.

Su novela es precisamente esto: la imagen fuera del azogue de la misma manera que el pulso narrativo de un Cabrera Infante -ese otro maestro de las formas- era el genio fuera de la botella. No caben dudas, visto lo anterior,  de que ”Alicia…”  entrará en los manuales escolares cuando en el futuro se estudie la primera mitad del siglo XXI.

Porque, al final, eso es “Alicia en el país de la Cascarilla”. Un libro abierto en tiempo presente, una obra en blanco de actualidad; es la encarnación inexistente de la suprema libertad literaria sin afeites ni manierismos. Es una historia que cada quien escribe a su manera.

Dominio

Posted: November 22, 2014 in Uncategorized
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Juntar persona y vehículo, andar de rumbo en rumba, mascando guayabas de firmamento, caótico equilibrio de las dimensiones, disyuntiva caldo de brujas, Shakespeare aquí hablándonos siempre, folios tragicómicos, historias del hombre en el lodo, versículos y ecuaciones, un abrazo de dios en las tardes estériles donde el edicto es partir el pan en partes desigualmente iguales, hambre de comerse el vacío, estómago dictando frases inconclusas, cerebro degustando hígados adulterados, el hombre mirando a su alrededor con el asombro del primer día.

El silencio

Posted: November 9, 2014 in Uncategorized
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Con todos los ruidos construyeron un silencio. Era su silencio. Siempre lo fue. Lo llevaban a todos los lados, lo cuidaban, le compraban lujosas vestimentas, alimentos exquisitos. Un día el silencio les pidió hablar. Le concedieron el deseo. Ya nada estuvo más en su sitio.