Archive for November, 2011

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por Denis Fortún

Recuerdo una entrevista que me concedió Ernesto G. para Fernandina de Jagua. Le hice varias preguntas, las que me contestó de manera amable, con una buena dosis de franqueza, lo que se agradece. Pero una en especial, supuestamente él no tenía la menor idea de cómo responderme.
¿Quién es Maurice Sparks? -lo interrogué con sobrado sarcasmo, intentando que me regalara una primicia que decidió guardarse para más adelante; fue en un cuestionario que le hiciera Armando de Armas, para Martí Noticias, donde Ernesto finalmente “confesó su mea culpa”.
Y lo simpático, es que Ernesto estaba al tanto de que yo conocía su nueva identidad de cuentero y aún así se atrevió a esquivarme. En fin, tal vez por pudor o por no denunciar a una parte (enorme) de su “yo”, y que aún él consideraba debía mantenerse al amparo de una frágil clandestinidad virtual (porque ya era un secreto a voces para aquel entonces), cínicamente me dijo: No sé. Eso es lo que queremos saber todos, ¿no?
Desde luego, un grupo de amigos contábamos con la certeza de que “El Chispas” (como lo mismo se conoce a Maurice Sparks,) era Ernesto G, y el día que lo supe me sentí entusiasmado de que fuese Ernesto la persona con quien compartía algunas complicidades en relación a sus historias. Y es que existe un hecho curioso, que me llevó a seguir de cerca al nuevo inquilino de la blogo criolla desde un inicio, y confieso que fue una suerte de narcisismo literario. En la época en que aparece Maurice, hubo comentaristas de uno de los “antros virtuales” más visitados de su tiempo, al que le guardo un especial afecto además, quienes en sus obsesionadas fantasías por averiguar la identidad del autor, me adjudicaron a mí la responsabilidad de los primeros relatos estrenados en la trastienda del blog Cuba Inglesa, de Armando Añel. Lo que para nada me molestó, muy al contrario. Y por lo que hoy estoy aquí, lo que agradezco a Ernesto (y a Maurice). Y recuerdo que hasta le hice un post de bienvenida en Fernandina al desconocido narrador el día en que de una vez se entusiasmó a aglutinar sus relatos bajo la égida de un tal Mauricio. Sin embargo, ego a un lado (difícil acto) algo me cautivaba en especial. Reconocía en la prosa del misterioso hacedor de relatos un detalle muy poco común entre nosotros, sin importar “de qué lado estemos en las orillas que nos tocan” (publicando sus primeras viñetas en la franja en que lo hizo, no me cabía dudas de su nacionalidad). Y es que Maurice evitaba el vicioso círculo de lo local, yéndose por derroteros donde prima el sujeto, lo que somos a ojos vistas para el narrador que es. Practicando una mirada incisiva al individuo, y después si corresponde, a al entorno; ubicando al personaje en medio de un contexto abierto, diluido para mejor.
Maurice quiebra, no sé si con absoluta convicción, esos colimadores que lastramos aquellos que escribimos sin dejar de pensar, de sufrir, el suelo que pisamos por primera vez, y lo hace sin renunciar a los temas que más nos golpean como comunidad. Pero, los maneja universalizándolos, en medio de retozos con la narración de los que gusto: brevedad, golpe certero que al decir de Cortazar, se tratan de historias que ganan su pelea por knock-out; ironía, y sobre todo los finales con que cierra (como me gustaría concluir mis cuentos): pura garra que engancha para el próximo.
¿Y Ernesto, mientras tanto…? Esos “pequeños detalles”, contrariamente no me los tropezaba en lo que se presenta como su blog oficial. Y digo esto sin menoscabo a su página. Pero es que sus post, aquí se me antojan con una intención más poética, intimista, como un espacio de gremio y con una referencia más explícita, por así decirlo. La imagen, incluso la palabra, cobran una fuerza diferente en Ernesto‘s Page. Maurice era otra cosa…
Nada, que no hallaba semejanzas, si me refiero a los andares de su alter ego: un fulano dispuesto a atacar, a burlarse, reflexionando y hasta compartiendo sus dolores. Un tipo simple, extrovertido a lo sumo quizás por esa libertad que bordea la desvergüenza que nos brinda el acto de prescindir de nuestro nombre, y que en el caso de Ernesto, Maurice en lo que seduce termina venciéndolo y por extensión nos regala esa autenticidad que se disfruta en sus historias y viñetas. Textos desiguales en cuanto a tesitura (si es que permiten apropiarme del término para ilustrar la intensidad, el estado de ánimo, la coyuntura en que se desenvuelven sus relatos), que fueron creciendo, organizándose luego en diversidad y estética, de considerable valía, que hoy se resumen en un volumen que marca de alguna manera al género de cuentos cortos en la narrativa criolla actual, y no sólo la de el exilio.
Su ficción crecía saludable, con la simpleza como oficio, para liberar su aparente necesidad de contar historias que comenzaron siendo un divertimento. Regalando esa refinada sorna que ya mencioné antes, y que por otra parte no llega a seducirlo al punto de negar su franqueza cuando toca temas peliagudos, dolorosos. Y en reiterados casos, con una fuerte carga erótica; una joda de letras que atrapó a más de un subconsciente calenturiento cuando de mujeres y sexo se trataban sus cuentos-. Igual, si se enfrenta a los cuestionamientos que arrastramos en nuestras existencias, muchos de ellos sin solución inmediata, otros ni siquiera a largo plazo; o en la catarsis misma. De ahí, por esta última herramienta, a lo mejor se debe el empeño de Ernesto porque no se conociese que Maurice comparte su piel; una parte poderosa dentro de su naturaleza que lo invita a la expansión de sus recelos y dudas, en lo que aparenta esconderse.
En fin, reconozco que me honraba el hecho de que algunos despistados me asociaran con “el tipo” (que en sus inicios, también llegué a imaginar se trataba de una mujer por una sensibilidad poco usual), y me fascinaba la idea de descubrir quién era aquél “ente” que bajo un heterónimo un tanto afrancesado creaba estos relatos breves que siempre me parecieron interesantes. Y más tarde, a medida de que Maurice iba encontrando su derrotero, sus formas (más de una sin dudas), para darle un estilo bien peculiar a sus trabajos, terminé considerando el blog de “Los relatos de Maurice Sparks” como un espacio de visita obligada mucho antes de confirmar la identidad del misterioso escritor.
La mutación de la broma se entronizaba poco a poco con un quehacer literario de envergadura, sintiendo que a veces lo hacía de manera intuitiva, y por fin, en un espacio similar (entiéndase el blog de Maurice), en muy corto tiempo éste se deshizo de una buena vez de Ernesto y lanzó sus textos más enjundiosos a la Red. Un esfuerzo que se resumen hoy en el impulso que le da el papel y la tinta impresa. Un cuaderno que, desde luego, hay que leérselo si gustan de disfrutar el acto inigualable de la lectura. Y este empeño que pongo a consideración de ustedes, seguro estoy me lo van a agradecer porque, al decir de José Abreu en la reseña que publicara Joaquín Gálvez en su blog, “todo el libro es un cuerpo que invita a que lo gocen…”