El árbol

Posted: May 31, 2014 in relato
Foto: Ernesto G.

Foto: Ernesto G.

Presentía el dolor. Se sentó debajo de un árbol y supuso que allí lo olvidaría todo. Agarró tierra con las dos manos y se la restregó por el rostro. Esto a veces funcionaba. También se detuvo a observar sus uñas sucias, o lo que quedaba de ellas. La tierra no es uniforme, está compuesta de partículas de disimiles formas y colores, dijo en voz alta como si dictara una conferencia en una importante universidad ante miles de alumnos a los que les interesaba saber de esos temas. Hacía mucho tiempo no daba clases y lo extrañaba. Tal vez su vanidad lo echara de menos, la vanidad de ser escuchado. O quizás era la humildad de reconocer su ignorancia cada vez que impartía una clase. La vanidad es un árbol que no da frutos, pero da sombra. Tiene raíces muy superficiales y se cae cuando lo bate el más débil de los vientos. La humildad es ese mismo árbol en el invierno. Se preguntó a quién le hablaba si allí no había nadie. Hacía rato que ese sitio estaba abandonado. Todos los negocios habían cerrado después de la última crisis. Disfrutaba sentarse allí no sólo por la tranquilidad o la sombra del árbol o la tierra disponible sino por la destrucción que lo rodeaba: las paredes descoloridas, los techos caídos, las ventanas rotas, los grafitis. La decadencia tiene cadencia, es con ese ritmo que me muevo yo. Esto nunca lo hubiera dicho delante de sus alumnos. O quizás sí, pero lo hubieran tomado como un chiste de un profesor loco al que le gustaba decir frases disparatadas para hacer las clases más entretenidas. Unas partículas de tierra habían caído en su boca. Trató de hallarles sabor, pero sólo sabían a tierra, es decir, a nada. Del polvo venimos y al polvo regresamos. Polvo en el tiempo, no en el viento. Se echó en la hierba y se quedó dormido. Lo despertó el zumbido de una abeja que se había acercado peligrosamente a su rostro. Antes no eran tan agresivas, pensó. Abrió la mochila y sacó un sándwich de queso. Tenía hambre. El queso sabía a queso, el queso es algo, el pan sabía a pan, el pan era algo que debía ser multiplicado. No como el dolor. El dolor era nada, como la tierra. O lo aniquilas o te aniquila. Esa era su disyuntiva. Cuando empezó a llover, se refugió en uno de los comercios. La puerta estaba abierta de par en par. No había nada que vender, no había nada que proteger. Inspeccionó el lugar. Olía a orina, a humedad, a mierda humana y animal. Sintió deseos de vomitar pero se contuvo. Si puedo contener el vómito, puedo hacer lo mismo con el dolor. Pero aunque sabía qué le provocaba el vómito, no podía determinar qué causaba el dolor. A través de una de las ventanas aún podía ver el árbol inservible que no daba frutos pero sí mucha sombra. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared y volvió a quedarse dormido.

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Comments
  1. Juan Cueto-Roig says:

    Gracias por compartirlo. Expresa muy bien un estado de tristeza, desengaño y desolación.

    Juan

  2. Gracias, Ad. Un abrazo.

  3. ” aunque sabía qué le provocaba el vómito, no podía determinar qué causaba el dolor.” Sigo sin aliento… Saber de dónde viene no siempre lo alivia… Dolor… sin árbol, sin vanidad, sin sombra. Qué bien cobijarse en tus letras. Sonreír con ellas… confiar en que operan el exorcismo que arroja su reverso. Gracias por este antídoto…

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